Hablar de Troya es hablar de leyenda. La mítica Troya retratada por Homero en La Iliada nos remite a uno de los grandes mitos griegos, el de la bella Helena, la mujer más bella del mundo, casada con Menelao, rey de Micenas y hermano de Agamenón, que seduce al joven príncipe troyano Paris. Según el mito, Paris rapatará a Helena llevándola a su reino, custodiado por el anciano rey Príamo, y la venganza de los griegos provocará la cruenta guerra de Troya, un conflicto que durará diez años y que terminará cuando los troyanos caigan en la trampa del caballo de madera ideado por Ulises. Sin embargo, la Troya moderna, la arqueológica, tiene también su leyenda. La historia del hombre obsesionado con demostrar que Homero no se limitó a narrar un mito y que Troya fue una ciudad real. La historia de un tesoro encontrado entre los restos de una antigua ciudad. Ese hombre fue Heinrich Schliemann.

Rapto de Helena. Cuadro atribuído a Giovanni Romanelli
Henrich Schliemann comenzó a interesarse por Troya en su niñez. Convencido de la veracidad histórica de los poemas de Homero, se retiró de los negocios con sólo 36 años (había conseguido una importante fortuna como comerciante en Rusia y América) para consagrarse a la búsqueda de las ruinas de Troya. Estudió Arqueología en París y recorrió medio mundo para documentarse. En 1868, se trasladó a Grecia, donde conoció a Sofía, una joven estudiante de dieciocho años y se casó con ella. Pronto se dirigío hacia Asia, concretamente, a la Turquía, para comenzar a excavar. Enfrentándose a las teorías establecidas sobre la ubicación de Troya, finalmente localizó la ciudad en Hisarlik y desenterró una ciudad oculta entre 1873 y 1874.

Schliemann se quedó perplejo a la vista de estas pruebas y, aunque aún no se conocían los métodos modernos de datación arqueológica, supuso que los restos pertenecían a ciudades más modernas y que la Troya legendaria estaría seguramente en el estrato inferior. Con la firmeza que le caracterizaba y convencido más por ambición que por orta cosa, siguió profundizando durante dos años más, hasta que finalmente encontró un estrato con indicios de haber estado sometido al fuego y la destrucción. Según sus cálculos, estaba ante la Troya de Homero.
Sin embargo, no fue el descubrimiento de la ciudad lo que más llamó su atención: en aquel último estrato había oro, mucho oro, un auténtico tesoro. Según su diario con fecha del 14 de julio de 1873 , Schliemann encontró más de ocho mil piezas, entre ellas copas, vasos, brazaletes y collares. Pensó entonces que había encontrado el tesoro de Príamo, el legendario rey troyano. Schliemann adornó a su joven esposa griega, Sofía, con algunas de las joyas más espectaculares — las bautizadas como "Joyas de Helena" —, con las que posó para los fotógrafos.

El arqueólogo y su esposa, Sofía
¿Una Troya real?
Actualmente, los arqueólogos piensan que es muy probable que Hisarlik fuera el lugar en que se construyó Troya y que la ciudad fuera destruida no menos de nueve veces en el transcurso de cuatro mil años de ocupación. Tenía cuarenta y siete niveles distintos de habitación, desde un asentamiento del neolítico del 3.600 aC, hasta la época romana, con la ciudad de Mueva Ilium, cuyo declive se fecha alrededor del año 500 dC. En su ingenuo afán de profundizar y encontrar restos más antiguos, Schliemann destruyó muchos de los estratos más profundos en el transcurso de sus excavaciones; por ejemplo, parte de Troya VI, que, según la opinión más generalizada, corresponde a la Troya homérica. El tesoro de Schliemann se fecha en el 2.200 aC, aproximadamente, casi mil años antes de la época de Príamo. A pesar de sus errores, asombró a los arqueólogos clásicos y demostró que Troya había existido de verdad.
La historia del tesoro de Príamo, también está llena de misterios, y para algunos es uno de los expolios arqueológicos más flagrantes de todos los tiempos. Según la versión oficial, tras un largo conflicto judicial con el gobierno turco, Schliemann sacó las joyas de la ciudad y las llevó a Grecia, su país de adopción, para más tarde depositarlas en el Museo Etnológico de Berlín, donde permanecieron hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Como muchos otros tesoros artísticos y arqueológicos, fueron escondidos durante la contienda y no vieron la luz hasta que os rusos tomaron la ciudad en 1945. De ahí pasaron a ser custiodiadas por el gobierno ruso. Entre las joyas destacan alfileres, brazaletes, anillos, collares, pendientes, colgantes, copas, hachas y figuras de oro y bronce. Pero sobre todo, destacan por su belleza dos diademas de oro, una grande y otra pequeña, cada una confeccionada con 16.000 pétalos, así como un vaso en forma de barca que pesa 600 gramos de oro puro.

Aunque la datación moderna ha situado las joyas mucho antes de la Troya Homérica, lo cierto es que para muchos, éstas siempre serán las joyas de Helena de Troya.
"He visto el rostro de Agamenón"
Animado por su éxito en Troya, Schlieman se trasladó a Micenas, otro de los reinos míticos de Homero para buscar restos del gran rey Agamenón. Los cálculos tampoco le fallaron en esta ocasión: descubrió las tumbas de diecinueve personajes, que inmediatamente vinculó a la familia de Agamenón, entre ellos tres "guerreros" con máscaras funerarias de oro. Algunos cuentan que cuando desprendió la máscara del cadáver que parecía ser el de más alto rango, los rasgos faciales eran todavía visibles. Extasiado, Schlieman exclamó: «¡He visto el rostro de Agamenón!»


Heinrich Schliemann y su esposa frente a las puertas de Micenas







