Jonbenet era hija de un millonario de Colorado y de una ex reina de la belleza de Virginia. Lo que añadía una nota aún mas escalofriante y sórdida a esta historia, era el personaje patético y grotesco en que sus padres habían convertido a la niña, una especie de monstruo, con los rubios bucles ondulados en una permanente, las cejas, los ojos y el rostro maquillados como para una velada en Las Vegas, los labios pintados de un rojo intenso, trajes cortos y ajustados y zapatos de tacón alto. No en vano, la niña pese a su corta edad, ya había ganado todos los concursos infantiles de belleza en Estados Unidos.
Hace pocos meses, salió también a la luz, el caso de una madre que inyectaba botox a su hija de tan sólo 8 años. Le retoca una vez cada tres meses la frente, los labios y el contorno de los ojos y le hace la cera para no tener vello corporal. Su progenitora asegura que estos tratamientos le ayudarán a ser más popular y a convertirse en toda una estrella en un futuro no muy lejano.
"Sé que un día será modelo, actriz o cantante y sometiéndose ahora a estos tratamientos luego lucirá un aspecto mucho más joven", señala.
Entre estos dos casos tan diferentes, existe un claro denominador común, la obsesión de una madre por moldear a sus hijas a su imagen y semejanza, pero sin darle tiempo al tiempo, añadiéndoles una docena larga de años. Convirtiéndolas en unas muñecas barbie de carne y hueso, sabiendo vestirse, maquillarse, peinarse, posar, caminar, sonreír, cantar, bailar y seducir, con el único objetivo de acceder al glamouroso y repulsivo mundo de los concursos de belleza infantiles. Una historia típica “made in USA”, un desfile de niñas que juegan a ser mujer o una caricatura de lo que serán en el futuro.

En Estados Unidos, los concursos de belleza infantiles cuentan con un éxito enorme. Los tienen de todas las categorías y por supuesto, algunos son a nivel nacional. De hecho, las grandes empresas de publicidad mandan a sus caza-talentos a estos concursos para lograr encontrar la imagen que de cara al futuro, representará a las multinacionales. Las categorías Baby Queen (niños menores de un año), Tiny Queen (para niños entre 1 y tres años), Baby Queen (para niños entre 4 y seis años). Luego pasan a las categorías superiores hechas ya unas profesionales.
Nos lo relataron también, en la película “Pequeña Miss Sunshine”, donde la familia acompañaba en caravana cruzando el país al miembro más pequeño de su familia para presentarse al concurso de belleza Little Miss Sunshine. La película fue ganadora de dos oscar y nos acerca a la realidad de estos concursos infantiles.
Cada año en EEUU unas 100.000 niñas menores de 12 años participan en estos concursos de belleza que mueven millones de dólares inscritas por sus propios padres, que ven en estos desfiles es una puerta abierta a Hollywood o un contrato jugoso como modelo de alguna firma.
Para más INRI, la preparación y el proceso de participación en muchos de estos concursos, se están ofreciendo por televisión en formato Reality Show. Un buen negocio.
Los cálculos aproximados hablan de un circuito nacional compuesto por unos 100.000 pequeños mister y misses y de unos 6.000 concursos anuales. Reinas de este Olimpo en miniatura, acaparan las portadas de las publicaciones. Eventos como Nuestra Miss Diamante, la Liga de las Pequeñas, Niñas de Ensueño, Muñecas de Glamour y Niños Tropicales USA son las competiciones de mayor prestigio.
¿Qué sale de estos concursos? Lamentablemente, sueños rosas con, en muchos casos, finales negros. Algunas ex misses infantiles aseguran haber llegado a su madurez con traumas. Con cinco años, Charlotte Carr ya era una reina infantil con un récord de 119 trofeos. Había sido coronada Pequeña Belleza y su rostro, con sus intensos ojos azules enmarcados en rimel, era portada habitual de las revistas del circuito. Charlotte tiene hoy 25 años, se apellida Lawrence, vive en Utah y está tan traumatizada por su pasado, que no se atreve ni a usar maquillaje.

Los malos tratos verbales, a veces físicos, no son ajenos a estas competiciones. Nunca se cometen en público, claro está. Charlotte Lawrence recuerda compañeras presas del llanto, madres abusivas y, sobre todo, niñas desesperadamente necesitadas de una victoria para complacer a sus progenitoras. "Estos concursos están llenos de odio. Las niñas son capaces de matar para ganar. Recuerdo que yo tenía muchísimas enemigas", reconoce la ex miss infantil.
Sin embargo, cualquiera de estas niñas es, a pesar de todo, demasiado inocente como para comprender que su vida no es normal. Rodeada de vestidos de princesa y rutilantes brillos y dorados todo le parece ilusionante, bello, natural... Pero, sin darse cuenta, se está convirtiendo en un ser caprichoso, presumido y ferozmente competitivo en un sórdido mundo cuya trastienda, esperemos que nunca tengan que visitar.








